Tasio

Comenzaba la segunda década del siglo XX, cuando Tasio vino al mundo, el parto fue tan rápido, como lo sería su vida. Desde el primer día, su madre Emilia presintió que habría de ser un niño distinto, era el quinto hijo y en nada se parecía a sus hermanos.

A los seis años comenzó a ir al colegio, mientras los demás niños aprendían la cartilla, él ya sabía leer y empezaba a dar muestras de su agudo ingenio.

En una ocasión metió un gato en el cajón de la mesa, donde el maestro guardaba las tizas; cuando el profesor lo abrió, el felino, tiznado todo de blanco, salió como una exhalación produciendo un síncope a Don Pedro y la algarabía de los alumnos. De nada servían los castigos o las raciones de zapatillazos que le propinaba su madre, el niño era más inquieto que el rabo de una lagartija y de talento andaba sobrado.

Sus hermanos mayores, le reían las picias y le enseñaban otras nuevas. Llegó un momento que las trastadas del muchacho estaban en boca de todo el pueblo, todos las reían y todos las padecían por igual, no se libraba nadie, aunque los blancos predilectos eran el maestro y el cura. No se le ocurrió otra cosa al párroco que cogerle como monaguillo, para ver si le domesticaba.

No pasó ni una semana sin que la liase parda. En un descuido del sacerdote, mezcló el vino de misa con zumo de ciruela. El cóctel fue letal, el pobre cura paso una semana de “incontinencia anal severa” que le dejó en los huesos. Tasio se arrepentía y procuraba resarcir a la víctima, pero siempre volvía a las andadas. La mitad del pueblo tenía cuitas pendientes con él, mientras la otra mitad se las disculpaba.

Un día amaneció el maestro y al abrir la puerta de su casa encontró un costal lleno de patatas, con una nota que decía así: “las patatas alimentan al cerdo”, pensó que sería obra de  algún padre despechado, dado que Don Pedro “era muy dado a recetar jarabe de palo a sus alumnos”. Cogió el saco y lo metió en casa.

Por la tarde, después de terminar la escuela, cogió la azada y se fue al huerto para cavar las patatas; en lugar de patatas, se encontró el huerto todo hozado y removido y al varraco tumbado panza arriba haciendo la digestión del atracón de tubérculos que se había metido. El semental tenía una inscripción en el lomo:

    “Este gorrino ha hecho, 

     de este huerto su barbecho”

      firmado: “Tasio”

El suceso corrió como la pólvora, y la señora Emilia tardó en decretar la búsqueda y captura de su hijo, lo que los vecinos en darle asilo hasta que pasase el vendaval.

El muchacho, aunque pillo y retorcido, también tenía su lado bueno. Todas las mañanas iba a ver a su abuela, la levantaba y se ocupaba de que comiese en condiciones, ordeñaba las cabras y cuando tocaba iba de porquero.

Poco antes de cumplir los trece años, Tasio enfermó, el cólico miserere le arrebato la alegría y la vida a traición. El niño abandonó este mundo, como vino a él, con prisa. Nunca se había visto en El Cardoso una muerte más sentida, los que en algún momento lo maldijeron, sentían su pérdida como si de uno de sus hijos se tratase, y los que le amaban, no tenían consuelo. Incluso Don Ramón y el Sr. Cura perdieron la compostura al dar el pésame a la familia y rompieron en llanto.

Tasio fue un alma libre e ingeniosa, que entendió la vida como una comedia sin segundo acto.

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