Miguel y el olmo

Se despertó con los ojos hinchados por el insomnio, le dolía la cabeza y presentía que tendría una jornada de perros. El día era más triste que un telediario y por si fuera poco, tenía cita con el oncólogo.

¿Qué coño significaría el sueño? Miguel había pasado toda la noche viendo a su difunto abuelo,  estaba sentado junto al viejo olmo y con la mano le hacía gestos para que se acercara. Él era muy pequeño cuando abandonó el pueblo, luego, visitas ocasionales y más tarde, nada.

Recordaba cuando jugaba al rescate, al pañuelo o al pídola; los cuentos de su abuelo Miguel, los besos de su madre y las magdalenas de la abuela María. 

Su abuelo contaba que eran descendientes de Miguel el pastor, aquel que siglos atrás fundara Cabida, el mismo que plantó el olmo. Aseguraba  que el espíritu del olmo y el del pastor, eran uno solo. 

Desde entonces, todos los primogénitos de su familia habían llevado el nombre de Miguel, aunque con él se rompería la tradición; ni se había casado, ni tenía hijos; el sería el último de la dinastía. 

Ya eran las nueve pasadas, entró en el garaje y subió al coche. Maldita la gana que tenía de ver al médico, de oír la retahíla de sermones y reprimendas, que a buen seguro le iba a dedicar. Arrancó el vehículo y en un alarde de rebeldía, decidió dar plantón al galeno; se tomaría el día de asueto, y ¿ por qué no ?, haría una visita a  Cabida y a su infancia. 

Sin pensarlo dos veces, cogió carretera y manta y se dirigió en busca de su pasado. A las once y media llegaba  a  el Hayedo de Montejo, a partir de  allí, la carretera  se  tornaba  infernal, una  amalgama  de piedras y tierra sustituía al asfalto; pero el paisaje compensaba  lo  incómodo  del  viaje. Después de casi cuarenta años, ¡Nada había cambiado!, era como si hubiese traspasado la última frontera. Llegó al cruce de Peñalba y continuó de frente, desde allí podía divisar la torre de la iglesia y las primeras casas. 

¿Por qué había tardado tantos años en volver?  Había dedicado su vida a trabajar y a amasar una pequeña fortuna, y …para qué ? 

Sentía que aquel era el sitio  al que pertenecía. Aparcó el coche y puso pie en tierra. 

 

El tiempo se había estancado en Cabida. Todo seguía igual, la iglesia, la plaza y el olmo; allí estaba el  vetusto y querido olmo, inmenso y altivo; casi eterno. De niño pensaba que era un gigante dormido que un día despertaría.

Era un árbol majestuoso, sabedor de historias inconfesables y cómplice de secretos infantiles. Esbozó un gesto de desagrado, al igual que a él, la enfermedad le estaba comiendo las entrañas. 

Comenzó a llover, primero calabobos y luego chaparrón. Miguel se resguardó en el coche, al tiempo que el viento se hizo huracanado, una ráfaga de aire se llevó la última rama con hojas, que hacía sospechar que el olmo seguía vivo. 

Sintió un agudo dolor en el pecho que le inmovilizó por completo, y entonces… vio a su abuelo, la persona que más había querido en el mundo. Tenía la misma mirada de ternura que siempre le acompañó y se apoyaba en la garrota de avellano que le ayudaba a caminar. Con un gesto de la mano le indicó que le siguiera. 

De inmediato comprendió la razón de su sueño. Su abuelo tenía razón, Miguel el pastor y el olmo, eran un mismo espíritu y compartían un mismo destino: el olmo había perdido sus últimas hojas y con ellas la vida,  y él era el último de la saga.

El dolor se hizo más intenso, dio la mano a su abuelo, cerró los ojos y se dejo llevar.

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Un comentario a Miguel y el olmo

  1. Juanjo Dijo:

    Triste, melancólica, pero me ha encantado la historia.

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